Tengo en mis labios el sabor de tu cuerpo. Es un tópico, pero a veces puedo resultar excesivamente cargante. Soy el caos, la destrucción y la locura. Nada tiene sentido en mi mundo. Rezo por un verano que no puede ser, y por una época total de despreocupaciones. La luna ha decidido que me quedo sola. Sólo me acompañan el frío de mis huesos y el peso de mis años. Mientras tanto, alguien está pegando gritos en el interior de mi cabeza. Hay un fuego que consume mi cuarto. Fuego frío, de hielo y consistencia plástica. Absurda realidad que me consume por dentro, como si fuera un cáncer. La tos ha vuelto a reclamar lo que es o era tuyo, mis ganas de vivir.
Probá con darme una muestra de cariño si te atreves. Éso y una copa de licor serán tu perdición. Hemos firmado juntos en el libro de los días sin dueño, mientras soñamos con un verano inexistente y 30 días de asueto para consumirnos entre las manecillas del reloj.
Sin embargo, no me permiten echarte de menos. Me llaman los horarios, la rutina y la desesperación. Por desgracia para ellos, no pienso ir. Me pienso quedar en mis cuatro paredes (el único lugar siento que es lo único que me pertenece hace un tiempo) pensando en ese triste y cruel adiós.
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